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Aumenta tu consumo de vegetales
Frutas, verduras, legumbres y cereales no pueden faltar en tus menús. Eso sí, sé cuidadoso a la hora de cocinarlos (evita los guisos, los fritos, las salsas...) y, en el caso de los cereales, elige su versión integral, más saciante y nutritiva.
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No debes estar más de tres horas sin comer
Lo mejor es repartir lo que comes durante el día en cinco tomas: desayuno, media mañana, comida, merienda y cena. Si hace más de tres horas que no ingieres nada tu organismo responde a la sensación de estómago vacío ahorrando energía y quemando menos grasas.
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Si es posible, quítales la piel a carnes y pescados
Gran parte del tejido adiposo de algunas carnes y pescados suele almacenarse justo debajo de la piel del animal, como ocurre por ejemplo en el pollo. Retirar su piel te ayudará a reducir el contenido calórico de los platos.
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El agua es imprescindible
El agua debe ser tu bebida por excelencia, en detrimento de otras opciones mucho más calóricas y con escaso valor nutricional, como los refrescos azucarados o el alcohol. Toma, al menos, un litro y medio al día, y recuerda que te ayudará a eliminar líquidos.
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Deporte y dieta sana, inseparables
De poco te servirá comer de forma equilibrada si no haces ejercicio físico regularmente. Dedícale, al menos, media hora tres días a la semana. Puedes nadar, caminar a paso vivo, ir en bicicleta o, por qué no, apuntarte a clases de baile.
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No te acuestes justo después de cenar
Espera un par de horas tras la cena para meterte en la cama. Así ayudarás a tu cuerpo a metabolizar de forma correcta los alimentos. Recuerda que mientras estamos estirados no favorecemos precisamente una buena digestión.




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