La composición de la leche de vaca, muy diferente a la humana, es uno de los principales argumentos de sus detractores para no tomarla. Una de las diferencias más importantes se da en las proteínas: en la leche humana las más abundantes son las del suero láctico (con un 70%), mientras que en la de vaca este tipo de proteínas sólo representan un 2% de su composición. En cambio, la caseína suma el 80% del total de proteínas de la leche de vaca, mientras que en la humana este porcentaje es sólo del 30%.
Otra de las proteínas más abundantes en la leche de vaca, la beta-lactoglobulina, “es una proteína totalmente extraña para la especie humana, ya que no existe en la leche materna”, señalan desde la AEPNAA (Asociación Española de Alérgicos a Alimentos y Látex), lo que la convierte en una proteína con un gran potencial alérgeno.
Lo mismo ocurre con la caseína: la leche materna aporta, sobre todo, beta-caseína, mientras que la de vaca contiene fundamentalmente alfa-caseína.
Ciertos componentes de la leche pueden provocar alergia o intolerancia en algunas personas.
Lo mismo ocurre con la caseína: la leche materna aporta, sobre todo, beta-caseína, mientras que la de vaca contiene fundamentalmente alfa-caseína.
No todo el mundo la asimila bien
¿Pueden tener todas estas diferencias consecuencias en nuestro organismo? Según Lucía Redondo, profesora de Dietética del Instituto de Formación Profesional Sanitaria Roger de Llúria (IFPS), por su composición, la leche de vaca neutraliza los ácidos del estómago que necesitamos para digerir proteínas; por eso algunas personas beben leche cuando tienen acidez de estómago. El resultado de todo este proceso es que quedan trozos de proteína (péptidos) sin digerir. Cuando los péptidos pasan a la sangre se activa el sistema inmunitario para deshacerse de ellos, provocando mucosidades o problemas más graves, según explicó Redondo en el I Congreso Alimentación Consciente, celebrado en Barcelona.
Una postura que tiene poco que ver con la de Isabel Puigdueta, especialista en Nutrición y Dietética y miembro del equipo GENA. “Debemos ser muy cautos para considerar que la leche puede provocar algún problema sobre el sistema inmune, ya que faltan investigaciones concluyentes que lo demuestren”, asegura. Diversos estudios llevados a cabo por la doctora Ascensión Marcos y su equipo en el CSIC indican que la leche no es un activador particular del sistema inmune, e incluso algunos de sus derivados, como el yogur, “contribuyen a regular el sistema inmune por su alto contenido en probióticos”, añade.
Lo que ninguna de las dos posiciones niega es que el consumo de leche favorece la producción de mocos, si bien el motivo aún no está claro.
Otra de las consecuencias negativas del consumo de leche de vaca es la intolerancia a la lactosa (el azúcar de la leche), que surge cuando en nuestro organismo los niveles de lactasa (la enzima necesaria para digerir bien la lactosa) son muy bajos. Este tipo de intolerancia puede provocar problemas de digestión como gases, hinchazón de estómago o diarrea. De hecho, se recomienda reducir el consumo de lácteos en caso de padecer dolor abdominal debido a la formación de gases.
Para Puigdueta, es precisamente dejar de tomar leche durante un periodo largo de tiempo lo que acaba favoreciendo la intolerancia al azúcar de la leche. “Si no se consume leche se produce una caída abrupta de la lactasa. Por ello en la madurez, cuando suele haber una recuperación de la ingesta de lácteos y derivados debido a sus beneficios para la salud, puede producirse una intolerancia”, explica. Este hecho es utilizado por algunas personas para demonizar la leche, aunque en nuestro entorno, al ser la intolerancia sólo parcial en la mayoría de individuos, se puede considerar la leche y sus derivados como “alimentos recomendables en la alimentación habitual”, remarca esta especialista.
Pero... ¿los niveles bajos de lactasa provocan siempre síntomas? Parece ser que no: aunque bastante gente tiene niveles bajos de lactasa, muchos de ellos no desarrollan nunca los síntomas de la intolerancia. Para los detractores de la leche esto se debe al sobreesfuerzo constante del organismo a la hora de digerirla, lo que puede acabar perjudicando nuestra salud a medio o largo plazo.
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Una postura que tiene poco que ver con la de Isabel Puigdueta, especialista en Nutrición y Dietética y miembro del equipo GENA. “Debemos ser muy cautos para considerar que la leche puede provocar algún problema sobre el sistema inmune, ya que faltan investigaciones concluyentes que lo demuestren”, asegura. Diversos estudios llevados a cabo por la doctora Ascensión Marcos y su equipo en el CSIC indican que la leche no es un activador particular del sistema inmune, e incluso algunos de sus derivados, como el yogur, “contribuyen a regular el sistema inmune por su alto contenido en probióticos”, añade.
Tomar leche aumenta la producción de mucosidades, aunque se desconoce el motivo.
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